Las arduas batallas no han servido de nada. Cada uno en su trinchera,
disparándonos nuestros
errores,
bombardeándonos con palabras.
Ni siquiera nos han servido las noches que nos tomamos como prisioneros, y nos torturamos con los labios, y nos asesinamos con miradas.
No hemos ganado ni un poco de terreno en el olvido
intentándonos aliar con otros,
buscándonos en otros.
En cambio las treguas nos han servido para
visualizar nuestras perdidas:
de tiempo, de saliva y de latidos.